La revolución.
Julio 22, 2007
El mundo vitícola español ha sufrido toda una revolución en los últimos 15 años. Antes, cuando uno iba a un restaurante sólo podía pedir un Ribera o un Rioja. Cada uno respondía a un tipo muy concreto de vino. Realmente la decisión estaba en si pedir un crianza, un reserva o un gran reserva. Así pues, no había sorpresas. Todos sabíamos que pedir en un Restaurante pero, ¿dónde estaba la variedad?
La importación de los conocimientos en modernas técnicas de elaboración han despertado las inquietudes de nuestros viticultores. Con ellas y la idea del terruño han aparecido una multitud de nuevos vinos que buscan tener algo único y distintivo que ofrecer. La “Riojitis” y “Riberitis” que nos ha afectado durante mucho tiempo va remitiendo gracias a ellos. Hoy los restaurantes conocidos por sus bodegas son aquellos que recogen vinos de Toro, Jumilla, El Bierzo, Campo de Borja,… Muchos reivindican variedades de uva que hasta hace poco no se tenían en excesiva consideración. Y es que mientras aquí seguíamos enfermos de “Riojitis”, en el resto del mundo se empezaba a hacer una clara apuesta por otro estilo: más potencia, más color, más terruño, más fruta.
Esta forma de entender el mercado ha triunfado a nivel mundial. Su triunfo no implica la desaparición del estilo clásico. Es más, habrá muchos consumidores que educados en ese rioja suave no querrán cambiar o no les gustará el cambio, y, el gusto personal del que lo bebe es, al fin y al cabo, lo importante. Los vinos clásicos ya estaban, de todas maneras, en crisis. Ya no existían aquellas botellas que el abuelo compraba cuando alguien se casaba y se abrían 20 años más tarde exhibiendo unos matices maravillosos. A partir de los 70 los vinos riojanos se convirtieron en un mal chiste de lo que eran. Ya no había una fruta tan seleccionada. La nueva forma de entender el vino mejorará esos clásicos que van a tener que incluir más fruta y cuidar más su calidad.
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